LAS CIUDADES Y LOS SIGNOS. 5
Nadie
sabe mejor que tú, sabio Kublai, que no se debe confundir nunca la ciudad con
el discurso que la describe. Y sin embargo, entre la una y el otro hay una relación.
Si te describo Olivia, ciudad rica en productos y beneficios, para significar su
prosperidad no tengo otro medio sino hablar de palacios de filigrana y cojines
con flecos en Los antepechos de los ajimeces; más allá de la reja de un patio,
una girándula de surtidores riega un prado donde un pavo real blanco hace la
rueda. Pero con este discurso tu comprendes en seguida que Olivia está envuelta
en una nube de hollín y de pringue que se pega a las paredes de las casas; que
en la red de vías los remolques, en sus maniobras, aplastan a los peatones
contra los muros. Si he de contarte la laboriosidad de los habitantes, hablo de
las tiendas de los talabarteros olorosas de cuero, de las mujeres que parlotean
mientras tejen tapetes de rafia, de los canales pensiles cuyas cascadas mueven
las palas de los molinos: pero la imagen que estas palabras evocan en tu
conciencia iluminada es el gesto que acerca al mandril hasta los dientes de la
fresa repetidos por millares de manos millares de veces en el tiempo fijado por
los turnos de los equipos. Si he de explicarte cómo el espíritu de Olivia
tiende a una vida libre y a una civilización refinada, te hablaré de damas que navegan
cantando por la noche en canoas iluminadas entre las orillas de un verde estuario;
pero es sólo para recordarte que en los suburbios donde desembarcan todas las
noches hombres y mujeres como filas de sonámbulos, hay siempre quien en la oscuridad
rompe a reír, da rienda suelta a las bromas y a los sarcasmos.
Esto
quizá no lo sabes: que para hablar de Olivia no podría pronunciar otro discurso.
Si hubiera verdaderamente una Olivia de ajimeces y pavos reales, de talabarteros
y tejedores de alfombras y canoas y estuarios, sería un mísero agujero negro de
moscas, y para describírtelo tendría que recurrir a las metáforas del hollín, del
chirriar de las ruedas, de los gestos repetidos, de los sarcasmos. La mentira
no está en las palabras, está en las cosas.